CIMIENTOS DE HARINA
A lo lejos, detrás las montañas
Hay un terreno circular de unos ocho kilómetros de
diámetro, con paredes de cristal y tres niveles, muy parecido a una pecera
inmensa, soberbia, con el suelo enmoquetado y amueblado con aire clásico y
aroma a lavanda. Todo el techo queda pintado de un tono amarillo plátano que,
con la efusión de luz que entra a lo largo estimula los pensamientos más curvos
y difíciles.
Aire acondicionado en verano y un billar de carambolas en
el salón justo al lado de un espacio más cerrado para el descanso que dispone
de un olivo muy efectivo, de plástico, en el centro, como un refugio estilo zen
que enjuaga la sangre enferma - la sangre de las clases - , y desanuda la garganta antes de que el bolo
de angustia trepe por el pecho y llegue
al cerebro dónde miles de impulsos eléctricos disipan la energía que arroja el
cuerpo por los codos, por los puños y por las palabras. Del primer piso nadie
puede salir y cabe decir que unos pocos quieren hacerlo.
El segundo piso está revestido de estanterías willy y libros, muchos libros ̶ todos los que todavía nadie e insisto, nadie, ha leído ̶ y que permanecen compilados en las estanterías neuróticamente
ordenadas de la A.0.0.0 a la Z.9.9.9, sin polvo, sin caos y sin ruido… el sueño carnal de un
bibliotecario, de un policía, de un empresario o de una prostituta, pues a
nadie le gusta el ruido en su campo de trabajo. Tan solo el escritor que no
sabe hacia dónde va su texto /ni su vida/ se siente cómodo ahondando en el jodido
ruido, aunque se trate de un policía- escritor,de;prosa.poética, de una
prostituta que memoriza tangos o de quien los contrata a ambos. Sea quien sea el
que escribe, siempre será capaz de soportar cualquier rumor del oleaje,
cualquier ajetreo de la calle o grito por ensordecedor que sea. En el segundo
piso se inventa el cuerpo de conocimiento básico para sobrevivir en la tierra y, aunque superficial, es tan importante como la piel para los golpes.
Allí en el centro del terreno circular brota una escalera
de tuerca, de modo que del segundo se baja al primero al tiempo que se puede
llegar hasta el siguiente. Bajar a la pecera inmensa o escalar un nivel es la
decisión más significativa de lo humano: es escoger la trayectoria del espíritu
de uno mismo y de la relación con los demás y con todas las cosas. Hay que
recapacitar bien si se quiere bajar o no, si uno prefiere guiñarle el ojo a lo
zen y limpiarse la sangre, o, subir la escalera hacia el último piso, sin
pausa.
Hay más luz en una chimenea que en el tercer piso. El
cristal se vuelve de hollín e impide reconocer los objetos del nivel: solamente
disponiendo las manos a pocos milímetros de la cara se puede distinguir las
uñas de la yema de los dedos... Quien sube al tercero dice que hace ‘mal
tiempo’ o que lloverá encima de él, y que faltaría encajar allí una chimenea
para dar calentura al espacio y tal vez también un punto de luz.
Quien sube al tercero no hace metáforas sobre la luz de
las chimeneas en lugares oscuros o en
terrenos circulares, quien sube lo cambia todo: limpia cristales y se deja
mojar por la cerda incertidumbre de lo triste, de lo nauseabundo y complejo; allí
no se levanta un refugio ni se critica nada para crecer, tan solo se construye
un hogar donde vivir y morir, un hogar con cimientos de harina que sirve para
estar de buen dulce con uno mismo. Demasiados quieren arriesgarse y subir al
tercer piso - y quien lo consigue
no tarda en perder el habla, su habla - la que le permite
opinar desde los impulsos propios, des del corazón, y no mediante la raíz
genética del juicio como tradición ultrapasada del conocimiento.
Hay un terreno circular de unos ocho kilómetros de
diámetro con paredes de cristal y tres niveles: allí se encuentran repartidos todos
los hombres y mujeres desatendidos del siglo XXI.
Runa Islam - Assault
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