miércoles, 18 de diciembre de 2013




LA DIALÉCTICA MUDA

     Para engrosar una separación entre dos espacios o lugares no es necesario levantar un muro, una tapia o un reja; tanto la anchura como la altura de la mismas no son, para nada, una separación auténtica. El tiempo acelerado en que vivimos nos dice sin apenas excepciones que para separar o disgregar no hace falta levantar absolutamente nada y que, quienes sí levantan muros y cercos tienen motivos más personales que nada tienen que ver con los conflictos reales que padece todo mundo: mayorías, minorías, refugiados, políticos obtusos, activistas de todos los polos y demás. En realidad, pienso que para engrosar una separación entre dos espacios o lugares solo hace falta callar. 


     Albert Chavarria, amigo y conductor insaciable de líneas en papel y en carretera nos acerca a esto en el artículo de Q9, ágora digital, titulado Bajo el cielo de Scharoun. Con su visión, el autor nos induce a su modo de percibir y de sentir lo que observa desde su bosquejo teórico y experiencial. Más allá de las cuestiones técnicas que no entiendo, el artículo nos presenta la dialéctica muda de lo que se levanta arquitectónicamente en un lugar, y más tarde, acaece verdaderamente con un entusiasmo social e histórico que llena de sensibilidad el espacio y el territorio. Así sucede con la Neue Staatsbibliothek de Berlín: así és en el artículo, cit. "pues toda su fachada oriental es ciega, no en actitud de rechazo sino de vergüenza (...) parte de la colección de libros que poseía la Biblioteca se hallaba al otro lado del cerco (...) así como la ciudad el archivo también quedaba dividido". Bien sabe el autor que la presencia de un elemento arquitectónico es tanto un elemento como un significado y que dividirlo puede perjudicar el estado emocional de quienes lo habitan o se desplazan en él.   


     ¿Qué ocurre cuando separamos el elemento y el significado? Melilla y su Valla (1993-2013). Anchura y altura bien definidas: 6 metros de altura y 12 kilómetros de longitud. Arriba, asomando de forma acicular miles de cuchillas sacan el pecho con orgullo cortando el espacio. Ellos, subsaharianos en su mayoría, parecen gatos saltando contra la pared, contra una sombra, lo más alto posible; sombra que es mismamente la de todos, pues todos somos ciudadanos de un país de herencia y calidad xenófoba. Esta es nuestra sombra. No se trata solamente de la era del fin del espacio (Bauman, Z. ) donde todo puede llegar a convertirse en una herida fronteriza que separa y estigmatiza sino también de la involución de un presente donde la dialéctica muda es híper-real y se reparte a modo de sombra social que contrae la sensibilidad. Mudos por la ley. Mudos por el miedo. Mudos por el poder, mudos multiplicados que, en su resultado, permiten  que otros se despedacen las extremidades en una Valla de mierda. 


     Pienso que la dignidad se nos va... y que tal vez algún día, los que sí consiguen saltar la Valla de Melilla podrán recordarnos las palabras de sabiduría y de ternura que nosotros hemos ido olvidado en el camino de construir una vida. Ese gran día cortaremos nuestras cuchillas y seremos más libres que las hienas.