domingo, 28 de abril de 2013



CIMIENTOS DE HARINA


A lo lejos, detrás las montañas

Hay un terreno circular de unos ocho kilómetros de diámetro, con paredes de cristal y tres niveles, muy parecido a una pecera inmensa, soberbia, con el suelo enmoquetado y amueblado con aire clásico y aroma a lavanda. Todo el techo queda pintado de un tono amarillo plátano que, con la efusión de luz que entra a lo largo estimula los pensamientos más curvos y difíciles.

Aire acondicionado en verano y un billar de carambolas en el salón justo al lado de un espacio más cerrado para el descanso que dispone de un olivo muy efectivo, de plástico, en el centro, como un refugio estilo zen que enjuaga la sangre enferma - la sangre de las clases - , y desanuda la garganta antes de que el bolo de angustia trepe por el pecho y  llegue al cerebro dónde miles de impulsos eléctricos disipan la energía que arroja el cuerpo por los codos, por los puños y por las palabras. Del primer piso nadie puede salir y cabe decir que unos pocos quieren hacerlo.

El segundo piso está revestido de estanterías willy y libros, muchos libros  ̶  todos los que todavía nadie e insisto, nadie, ha leído  ̶  y que permanecen compilados en las estanterías neuróticamente ordenadas de la A.0.0.0 a la Z.9.9.9, sin polvo, sin caos y sin ruido… el sueño carnal de un bibliotecario, de un policía, de un empresario o de una prostituta, pues a nadie le gusta el ruido en su campo de trabajo. Tan solo el escritor que no sabe hacia dónde va su texto /ni su vida/ se siente cómodo ahondando en el jodido ruido, aunque se trate de un policía- escritor,de;prosa.poética, de una prostituta que memoriza tangos o de quien los contrata a ambos. Sea quien sea el que escribe, siempre será capaz de soportar cualquier rumor del oleaje, cualquier ajetreo de la calle o grito por ensordecedor que sea. En el segundo piso se inventa el cuerpo de conocimiento básico para sobrevivir en la tierra y, aunque superficial, es tan importante como la piel para los golpes.

Allí en el centro del terreno circular brota una escalera de tuerca, de modo que del segundo se baja al primero al tiempo que se puede llegar hasta el siguiente. Bajar a la pecera inmensa o escalar un nivel es la decisión más significativa de lo humano: es escoger la trayectoria del espíritu de uno mismo y de la relación con los demás y con todas las cosas. Hay que recapacitar bien si se quiere bajar o no, si uno prefiere guiñarle el ojo a lo zen y limpiarse la sangre, o, subir la escalera hacia el último piso, sin pausa.

Hay más luz en una chimenea que en el tercer piso. El cristal se vuelve de hollín e impide reconocer los objetos del nivel: solamente disponiendo las manos a pocos milímetros de la cara se puede distinguir las uñas de la yema de los dedos... Quien sube al tercero dice que hace ‘mal tiempo’ o que lloverá encima de él, y que faltaría encajar allí una chimenea para dar calentura al espacio y tal vez también un punto de luz.

Quien sube al tercero no hace metáforas sobre la luz de las chimeneas en lugares  oscuros o en terrenos circulares, quien sube lo cambia todo: limpia cristales y se deja mojar por la cerda incertidumbre de lo triste, de lo nauseabundo y complejo; allí no se levanta un refugio ni se critica nada para crecer, tan solo se construye un hogar donde vivir y morir, un hogar con cimientos de harina que sirve para estar de buen dulce con uno mismo. Demasiados quieren arriesgarse y subir al tercer piso - y quien lo consigue no tarda en perder el habla, su habla - la que le permite opinar desde los impulsos propios, des del corazón, y no mediante la raíz genética del juicio como tradición ultrapasada del conocimiento.

Hay un terreno circular de unos ocho kilómetros de diámetro con paredes de cristal y tres niveles: allí se encuentran repartidos todos los hombres y mujeres desatendidos del siglo XXI. 



                                                                                 Runa Islam - Assault



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